Fragmentos de foto ensayo autoeditado  realizado con la colaboración de 48 participantes, acerca de la relación con el cuerpo y el cuestionamiento de movimientos sociales reduccionistas respecto a la autoimagen.

Fecha de publicación: febrero de 2023.

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Vaya por delante que entiendo la importancia de la representación y los movimientos reivindicativos que surgen a raíz de la misma, pero si la reflexión meditativa se convierte en una moda, un medio comercial o incluso una campaña publicitaria, nada habrá cambiado en profundidad. La potestad de la relación con los cuerpos debería ser nuestra, no de aquellxs que deciden abrir el grillete un poco más, con la única intención de generar nuevas categorías que nos hagan sentir parte de grupos adquisitivos mayoritarios.
Hoy por hoy, en el imaginario colectivo, la idea de autocuidado y autoestima está mucho más cerca de objetos de consumo que simbolizan una surte de élite para todos los bolsillos (consumo con beneficios de 11 billones de dólares al año), que de procesos de introspección, duelo y aceptación.
El dolor y las historias de superación son ya una herramienta más de marca personal, una manera de alimentar el perfil de celebridades y personas anónimas, que encaja a la perfección con el funcionamiento hiper expositivo y engañoso de redes sociales: aun queriendo disfrazarse de lo contrario, y sin cuestionar que pueda tener un pequeñísimo impacto positivo (siendo muy prudentes en su lectura), están ahí para buscar el aplauso y vender.

El deseo de ser alguien con autoestima y seguridad en unx mismx (de serlo, pero sobre todo de proyectarlo) es absolutamente obsesivo e irreal, convierte las relaciones humanas en herramientas de prestigio y esconde actitudes asociadas a la masculinidad más rancia: no hay espacio para la duda, el miedo, la caída o la pausa.
¿De verdad se construye una sociedad mejor por esa vía? ¿No estamos performando el mismo cuento liberaloide con una apariencia distinta?

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He oído comentarios sobre estas dos de lo mas creativos durante toda mi vida. Sin pudor, sin importar cómo me pudiera sentir. Y yo me callaba. Escuchaba, asumía y callaba. Me ha dolido la espalda, las he tapado, las he enseñado, las he odiado. He pasado de parecer gorda a puta en medio día, sólo poniéndome una ropa u otra. He salido de fiesta y me han dicho ¡Parece que vas pidiendo guerra! sólo por llevar un mínimo escote, como el resto de mis amigas.

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Aurora.

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Abandona suavemente la idea de un yo corpóreo. Su cuerpo es una piel de serpiente, es brillante y frío, es una escama. Se escamotea de su propio yo, huye de sí mismo. Qué hay debajo de la piel de una serpiente. Yo soy una ciudad, pero mi cuerpo es inhabitable. Él es alejamiento. Tiene la capacidad de la distancia. Un apartarse, una disonancia. Allí donde todo es escueto, allí donde no cabe nada, su cuerpo coloca una grieta. Él no es el que es. Las líneas blancas de la carretera. Una figura pálida en el suelo extendiéndose hacia lo lejos, siempre un kilómetro más. Quizá con ese físico no pueda hacer del bueno de la película, pero siempre podrá hacer de espejismo.
Él es la anatomía del silencio, de la pausa, del punto y aparte, del interludio. Un volumen muy bajo, contenido en muy poco volumen. Organismo de hojarasca, filo de grava, junco de cuarzo, hilo de talco. Está marcado por la ausencia de tacto. 

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Guillermo.

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El dolor, si no le haces caso, grita. Cada vez más fuerte, hasta que el cuerpo se rompe. Una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez hasta que le escuches... Hasta que por fin entiendas y te des permiso para comenzar a sanar.
El dolor. Que era mío y de las otras. También vuestro.
Tomar el tiempo para encontrar el camino de vuelta a casa, de vuelta a mí. Escuchando, mimando, lamiendo heridas.
Atenta. Atisbándome frente al espejo. Reconociendo en mis pupilas a la que aún sigue adentro, queriéndome. Que sólo me importe quién es la que yo veo.

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Laura.

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Ese vestido ajustado precioso que siempre me ponía y que empezó a coger polvo en el armario. Esa cita en la que el chico se quedó entre acomplejado y disgustado cuando me quité el jersey y vio mis brazos. Esa conversación con un director de teatro que me dio la razón cuando le confesé que creía que tendría problemas para conseguir un papel en una serie o en una película porque no soy femenina o delicada (esos dichosos adjetivos que esta sociedad se empeña en imponernos). Ese festival de verano al que fui en tirantes y un chico que estaba detrás comentó a otro ¿has visto la espalda de esa chavala? y se empezaron a reír.

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Nia.

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A los once comencé a avergonzarme de mi tripa. En aquel momento era, juro por santo Bowie, poco más que piel y huesos.
En tres años mi cuerpo evolucionó naturalmente a aquello con lo que yo lo cebaba. Idas y venidas, desastres adolescentes emocionales y una escasa autoestima golpeaban y mordían.
Las comparaciones diarias con cada chica eran automutilaciones.
Yo, gorda con tripa.
Yo, gorda con muslos.
Yo, gorda, esa chica delgada.
Yo, chica feliz con michelines.
Yo, triste.

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Rocío.

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No recuerdo ni una sola vez en la que haya estado a gusto con mi cuerpo. Hasta los 22 años, a pesar de comer como una lima, siempre estuve excesivamente delgado. Tanto, que mis primeras relaciones las mantuve con la luz apagada por la vergüenza que me provocaba mi cuerpo. Da igual si estás bien con todo lo demás, si tu físico no te gusta, siempre sufrirás algún tipo de inseguridad aguda. Si a esto le sumas tener 21 años y perder a tu familia, el resultado es: valorar ciertos aspectos de la vida (lo importante) y madurar, pero empezar a descuidar otros (lo superficial). Cuando eres empujado a una vida adulta de forma inesperada, pero tienes sueños ambiciosos, trabajar y estudiar se convierten en tu credo

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Saúl.

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Tus gemelos son demasiado musculosos.
Pantorrillas de futbolista.
Piernas chuecas.
Tobillo de tigre. 
Las faldas son tu peor enemigo.
Aunque hubo un tiempo en el que permitía que las palabras de otros me definieran, hoy entiendo que:
Mis piernas me trajeron a otro continente. 
Me han servido de trípode para hacer fotos memorables.
Me llevaron hasta el punto más alto del Roraima sin chistar. 
No existe tal cosa como la belleza unidimensional. 
Dejar ir es dejar llegar.

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Claudia.

Mi cuerpo ha sido la cárcel en la que más tiempo he pasado. 
También he pasado muchas horas delante de un espejo. 
Cuando bailo no pienso, y a veces necesito no pensar. 
No pensar, en una cárcel, es muy complicado.
Me miro al espejo y pienso que si fuera más ligera, si fuera más delgada, si fuera todo lo que se espera que una bailarina sea, quizá dibujaría mejor los movimientos invisibles que abrazan el aire. 
Quiero convertirme en aire. 
Entonces dejo de comer, me miro al espejo y lloro.
Es casi un ritual.
No como, me miro al espejo y lloro.
No como y lloro (y no comer da muy mala hostia).
Sigo encerrada en esta cárcel de piel y huesos
y de mala hostia.
Me doy asco.
Me miro al espejo y lloro. 
Paseo por mi cárcel particular.

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Lucía.

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Lloraba y lloraba y a cada lágrima más asco me daba. Me dejé de ver a mí para solo ver a una mujer enchufada a máquinas.
Por suerte, esta vez tardé menos en reaccionar. ¿De verdad era más importante la opinión de alguien que a lo mejor ni conocía, sobre un parche en mi brazo, que mi propia salud? Os juro que quería vomitar cada vez que lo pensaba, cada vez que anteponía un posible comentario o juicio ajeno, a mi salud. Y me prometí no volver a hacerlo jamás. Parece que es sólo azúcar y no poder comer bollos. Pero es una batalla diaria y silenciosa.

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Eva.

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El problema es que todo el mundo parece tener derecho a opinar sobre mí sin que yo se lo haya pedido. Me llueven comentarios respecto a cada centímetro de mi piel y cada ademán que tengo.

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Laura.

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La oscuridad, aunque no se manifieste de la misma forma, es algo presente en cada unx. Como acompañantes, saber qué nos resuena del proceso de otra persona, ayuda a generar crecimiento compartido, escenarios comunes con vínculos seguros en los que el dolor es un sentimiento legítimo. Negar y negarle a lxs demás la licitud de la sombra, nos transforma en coaches espirituales que predican el pensamiento positivo con la misma ligereza y gratuidad que un sacerdote pidiendo la fe. Y me pregunto si en el fondo lo que hay no es una resistencia a saber conectar a través de espacios internos en los que no somos tan fuertes ni donde el control es tan férreo. Cuesta guardar silencio, no opinar, escuchar lo suficiente como para intuir qué parte del pesar de otrxs hace eco.

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Cuando era pequeña no recuerdo estar en guerra con mi cuerpo. Todo empezó más bien en la pubertad. Una fina línea de pelos surgió en mis axilas, a mí no me resultaba nada raro, los acepté sin problema. Pero entonces el entorno me hizo verlos como un problema. Levanté la mano en el colegio para decir algo en clase, y ahí estaba esa fina línea de pelos alineados en mi sobaco, llamando al resto de niños a que me mirasen y empezaran los chistes.
Después fue el desarrollo de los pechos, para mí tampoco suponía nada. Dos pezones rosados sobre una masa de carne, fin. No llevaba sujetador y llevaba camisetas ajustadas, no sé, no me preocupaba que mi cuerpo se marcara o se viera, era un cuerpo, era yo misma en el mundo ¿por qué iba a preocuparme? Pues empezaron los comentarios, qué pezones más grandes, ¿en serio? Ni me lo había planteado, pero asumí eso como si se tratara de una verdad, tengo los pezones grandes, y tal y como lo han dicho no parece algo positivo, así que lo apunto en mi cerebro como mis pezones no son adecuados.

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Vero.

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Déjame llevar vaqueros largos en julio. Déjame que me arriesgue al sol, por si acaso dejo de ser así. Déjame que sea yo la que lleva sujetador con relleno, aros incómodos que atraviesan los huesos, déjame que sea yo la que mantenga relaciones con la ropa puesta, déjame contarte un chiste sobre ello, ríete y no me pares. Déjame hablarte de mi perfil romano, de mi perfil judío, de mi perfil hispano. Déjame dos horas para una foto dónde se note menos. Déjame un ángulo picado. Déjame que repase con envidia las caras de mis amigas. Déjame escuchar a una de ellas comentarlo.Déjame, deja de mirarme.
Déjame. Yo, después de años, me he dejado.

Inés.

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La sensación de desvestirte, de salir del anonimato, supone enfrentarse a la angustia de encontrarte expuesto.
Cuando lo único que está a la vista es el cuerpo, abierto a todo tipo de interpretación, aparece lo íntimo.
De lo íntimo es difícil hablar.

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Carmen.

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Tengo novia y os puedo asegurar que nuestras tetas son el ying y el yang. Ella me pide que le dé un poquito de las mías y yo le pido a ella que me dé un poquito de esa perfección que tiene en la colocación de las suyas. Yo me escondo porque no quiero asustar con mi tamaño y ella porque siente que no llega a la media.
Pero, oye... en ello estamos. Lidiando con ese peso que, poco a poco, vamos aligerando a base de risas y de enfrentarnos a la realidad de cara.

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María y Laura.

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Ocupo mucho, hay quien dice que demasiado. Mi barriga es grande, mis mulos anchos, pero, ¿mis brazos? Mis brazos son legendariamente enormes. Y no sólo enormes, son monstruosos, feos, horribles, espantosos, dan pavor de sólo pensarlos. Las pesadillas se componen del material de mis brazos, tan grandes que impide que otros niños puedan nacer, de un diámetro kilométrico, rellenos de grasa y músculo, casi podrían tener consciencia propia, pero eso sería pedirle demasiado a algo tan espeluznante. Intenta cubrirlos, ¿no? Y lo hago, vamos que si lo hago. Durante más años de los que quiero reconocer, las sudaderas han sido mi mayor protección.
¿Hace frío? Sudaderas. ¿Hace calor? Sudaderas. ¿Hay que ir elegante? ¡Pues qué hay más elegante que una sudadera!
¿Follar? Sí, pero siempre con sudadera.

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Irene.

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Los complejos son el maquillaje de la noche anterior recorriendo tu cuerpo bajo el grifo de la ducha, incrustando pequeñas marcas de rímel entre los poros. Ese tipo de maquillaje que tienes que frotar con fuerza y cuando se marcha es, incluso, aún más visible que antes. Un maquillaje que hoy, por ejemplo, más de diez años después, decide revelarse sobre la piel y pintarme los ojos de duda como un mecanismo absurdo o un viejo atajo al que mi cabeza acude cuando tiene miedo. Quizás por esto, a veces sueño con volverme invisible o con simplemente desaparecer de los ojos del juicio constante al que me someto.

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Pablo.

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Durante dos meses he sido una carcasa ambulante, un pensamiento que balanceaba entre puedo aguantar sin comer un poco más y un ojalá la próxima vez que me tropiece no me caiga al suelo. En 21 años es la primera vez que vivo en el cuerpo que debería tener, en el peso que me corresponde según las estadísticas. Nunca he estado tan delgada (y tan infeliz). Poco a poco el estómago se me ha ido cerrando, el peso bajando y por muy mal que estuviera, y por mucho que la gente lo supiera, simplemente recibía cumplidos. 15 kilos me destrozaron en 60 días. Sin embargo, fueron el resultado de tantos halagos. Quizás no consigas dormir, lleves horas sin comer, vomites aire y te derrumbes por las esquinas teniendo ataques de pánico, pero estás delgada, estás como nunca, estás fantástica. Por alguna razón la gente no quiere ver el precio de esta transformación.

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Emma.

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Me emociono cuando expongo mi cuerpo.
Cuando él es artístico y se transforma en bello.
Cada día un poco más y un poco menos.
Mucho peso, peso de discursos forjados en el pasado.
Y en el presente también.
Peso y herencia del complejo.

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Laura.

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Intento tenerme cariño, intento quererme e intento normalizarme. Quiero levantarme por las mañanas y sentirme a gusto, sin tener que cubrirme constantemente con ropa holgada para que todo resulte homogéneo y que no haya lugar a críticas. Quiero levantarme y poder mirarme al espejo día si y día tambien con una sonrisa de oreja a oreja. Quiero aprender a quererme del todo.
El camino es complejo, no lo niego, pero todo conlleva su esfuerzo, y la verdad es que hay avances que me alegran enormemente. Simplemente espero poder dejar de sentirme raro, de sentir que no encajo. Encajo perfectamente, simplemente no tengo que seguir los cánones de nadie, sino los míos propios.

Iñaki.

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Lo he pasado tan mal odiando mi cuerpo, deseando ser más delgada, haciendo dietas insufribles, tirándome días sin comer, llorando porque he engordado... Y ahora, sinceramente, no me van a tocar más los ovarios diciéndome que mi cuerpo no es lo suficientemente perfecto. No quiero más ataduras. Sólo quiero desatar, cuidar, mimar y agradecer a mi cuerpo todo lo que ha hecho y hace por mí. Sólo quiero que mi templo esté sano y reducir ese miedo que tengo desde que soy pequeña.

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Helena.

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En algún punto de este proceso quise dejar de preguntarme por qué. Por qué le damos tanta importancia al aspecto, por qué no nos enseñan a habitar el cuerpo desde otros lugares, por qué han cambiado tanto los cánones, quién lo decidió, por qué no está bien estar mal, por qué unas personas sufren violencia directa por su peso o cualquier otro punto discordante de su aspecto, por qué tantísimas personas normativas se sienten tan inseguras y por qué encima parece que no tienen derecho a estarlo, por qué. Se puede seguir tirando del hilo hasta el infinito pero llega un punto que pierdes la perspectiva de tanto rascar y rascar y olvidas lo más importante: construir desde el presente.

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EL PROYECTO EN PRENSA:

Entrevista en Vein aquí.

Reseña en VerneElPaís aquí.

Entrevista en Tara Jome aquí.

Reseña en KluidMagazine aquí